EDITORIAL

Nuestra guerra invisible

Vaya recomendación la hecha en días pasados por el secretario de Gobierno del estado de Nayarit, Jorge Armando Gómez Arias, durante un comité organizado por mujeres de aquella entidad para exigir a sus autoridades un alto a la violencia de género:

“No salir de sus casas” y “Tener más cuidado”. Así es como el funcionario nayarita de primer nivel enfrenta el problema de violencia de género que se ha ido agravando con el paso de los meses en su estado.

Como si, ante la incapacidad de la autoridad de controlar la violencia que se vive en Nayarit, tuvieran que ser las mismas mujeres las encargadas de velar por su seguridad. ¡Increíble!

Al parecer don Jorge Armando pasa por alto —y si fuera por ignorancia pues que algún colaborador mejor informado le platique— que el año pasado se presentó en Nayarit una solicitud de alerta de violencia de género.

En los casi siete meses que van de este 2017 en ese estado ya se contabilizan al menos 22 feminicidios, siendo el más impactante el reciente caso de Ena Xitlalhi, en el municipio de Xalisco.

Tenía 19 años y un niño de un año. La joven madre quedó tendida junto a su bebé, degollada presuntamente por su vecino, quien podría pasar 50 años en prisión luego de confesar su delito.

Pero ante semejante escenario de terror, más que un mensaje de garantía de seguridad, las mujeres nayaritas hoy tienen que conformarse con ser invitadas a “no salir de su casa”…

El chiste se cuenta solo y lo peor es que se replica en la mayoría de los estados. De acuerdo con el INEGI todos los días se cometen en México 5 feminicidios.

Del año 2000 al 2015 se contabilizaron 28 mil 700 asesinatos de género en el país, y actualmente el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio estima que la cifra podría superar los 30 mil homicidios violentos contra mujeres.

Según datos de la ONU en feminicidios, México ocupa el lugar número 16 en el mundo.

El feminicidio es un crimen de odio que se caracteriza por la violencia extrema a la que se somete a la víctima, arrebatándole la dignidad, exhibiendo su cuerpo a veces mutilado y en muchas ocasiones arrojado a una vía pública como si fuera un desperdicio más, deshumanizándolo.

Y luego, en el mejor de los casos para aquellas que tuvieron quien les reclamara justicia, viene un proceso interminable de “desahogo de pruebas”.

¿Cuánto tiempo se puede tardar un procurador en establecer si entre la víctima y el victimario había una relación? Si eran amigos o amantes ¿qué importa? ¿Acaso un marido no es capaz de violar, mutilar y matar a su mujer?

Por increíble que parezca esos son los prejuicios culturales que en nuestro país todavía llegan a pesar al momento de juzgar una agresión constante, sistemática y mortal.

El hecho de que existan políticas públicas o legislación que proteja a las mujeres no significa que éstas se cumplan con efectividad.

Aquellas mujeres víctimas directas o indirectas que finalmente se atreven a denunciar ante las autoridades, en muchos casos lo único que consiguen es ser revictimizadas en su totalidad.

En el peor de los escenarios, otras han llegado incluso a ser castigadas, como la tristemente célebre historia de Yakiri Rubí Rubio, la joven que en 2013 se fue a la cárcel 86 días por matar en defensa propia a su violador y torturador.

18 meses se tardó entonces la autoridad en reconocer que la joven había actuado en legítima defensa.

En México actualmente 24 entidades tienen alerta de género, de las cuales sólo siete la han decretado: Morelos, Estado de México, Michoacán, Jalisco, Veracruz, Chiapas y Nuevo León.

¿Y las demás? Es la gran pregunta. ¿Acaso necesitan más muertas? ¿Cuántas veces más tenemos que ver a autoridades negarse a tipificar muchos de estos asesinatos como feminicidios?

¿Por qué resulta tan difícil tener la voluntad para reducir la indolencia por parte de un sistema judicial claramente misógino? Ahí están los casos, los cuestionamientos absurdos, las omisiones legales y finalmente las tragedias con nombres y rostros: Yakiri, Lesvy, Itzel, Valeria, Dominga, María Antonio, Vanesa, Areli, Yolanda… y las demás decenas de miles…